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ESSMAR vuelve a casa, pero la plata para salvarla ya está comprometida

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El fin de la intervención devuelve al Distrito una empresa con problemas de caja, cartera, pérdidas e inversión. Los balances muestran excedentes contables, pero también una operación que todavía no genera suficiente efectivo. La recuperación administrativa puede celebrarse; la pregunta incómoda es cuánto costará sanearla y de dónde saldrán los recursos.

Por José D. Pacheco Martínez y Víctor Rodríguez Fajardo

ESSMAR vuelve a casa.

La frase sirve para las fotografías, los discursos y la celebración política: recuperar una empresa pública, devolverla al territorio y cerrar casi cinco años de intervención nacional.

Pero detrás del acto administrativo viene la factura.

Porque recibir ESSMAR no significa recibir una empresa saneada. Significa asumir nuevamente sus activos, sus obligaciones, sus problemas operativos y, sobre todo, el costo de resolver aquello que la intervención no consiguió corregir completamente.

Para entender el tamaño del desafío hay que volver al origen.

Cuando la Superintendencia tomó posesión de ESSMAR, en noviembre de 2021, encontró pérdidas de agua del 62,32%, micromedición efectiva del 67,34%, una cartera cercana a $32.000 millones y pérdidas comerciales y por defraudación estimadas en $24.702 millones durante ese año. También identificó dificultades para financiar el plan de inversiones y obligaciones pretoma cercanas a $69.869 millones.

Sobre esa fotografía se construyó la intervención. La Superintendencia proyectó para 2022 y 2023 un déficit acumulado de $17.193 millones y, al sumar las obligaciones pretoma, un faltante potencial cercano a $85.000 millones.

El problema nunca fue exclusivamente administrativo. Era una ecuación financiera: una empresa con ingresos insuficientes, pérdidas elevadas, cartera deteriorada y necesidades de inversión que no podía atender con los recursos generados por su propia operación.

Casi cinco años después, los balances permiten examinar qué ocurrió con esa ecuación.

ESSMAR reportó resultados contables positivos de $3.053 millones en 2021, $4.142 millones en 2022, $3.513 millones en 2023, $169 millones en 2024 y $397 millones en 2025.

A primera vista, la secuencia podría presentarse como una recuperación. El problema aparece cuando el estado de resultados se cruza con el flujo de efectivo.

La operación registró flujos negativos de $22.679 millones en 2022, $15.640 millones en 2023, $21.232 millones en 2024 y $1.803 millones en 2025.

En otras palabras, ESSMAR podía mostrar excedentes contables, pero seguía sin producir suficiente dinero mediante su actividad ordinaria. Y una empresa de servicios públicos no paga nóminas, proveedores, mantenimiento e inversiones con utilidades escritas en un balance. Las paga con caja.

El resultado de 2025 exige todavía más cuidado. La empresa tuvo una pérdida operacional de $7.582 millones, pero terminó reportando un excedente de $397 millones. Esa diferencia estuvo influida por ingresos financieros y, especialmente, por otros ingresos que alcanzaron $7.359 millones.

Por eso, esos $397 millones no pueden utilizarse como prueba de que ESSMAR alcanzó la autosuficiencia. Su operación ordinaria continuó perdiendo dinero.

El comportamiento del pasivo tampoco permite hablar de un saneamiento lineal.

ESSMAR pasó de $96.871 millones de pasivos en 2021 a $113.392 millones en 2022, $147.464 millones en 2023 y $179.137 millones en 2024. En tres años aumentaron $82.266 millones, equivalentes al 84,9%.

En 2025 el pasivo descendió a $125.197 millones. La reducción es significativa, pero coincide con una transformación del perímetro operativo de la empresa, incluida la salida del servicio de alumbrado público.

Por eso sería apresurado presentar los $53.940 millones de disminución como resultado exclusivo de una recuperación financiera. Antes de llegar a esa conclusión hay que establecer qué obligaciones salieron, qué activos cambiaron de posición, cuáles cuentas fueron canceladas y cuánto de la reducción obedeció a la modificación del tamaño y las funciones de ESSMAR.

La inversión muestra otra parte del problema.

En 2021, la empresa tuvo un presupuesto definitivo de $141.928 millones, comprometió $119.181 millones y pagó $67.014 millones. Sin embargo, de los $14.949 millones apropiados para inversión solamente comprometió $5.604 millones y pagó $1.524 millones. Para funcionamiento, en cambio, comprometió $68.261 millones.

En 2023 volvió a repetirse el patrón. Funcionamiento ejecutó el 94% de su apropiación; operación comercial, el 97%; y deuda, el 79%. La inversión apenas llegó a $7.081 millones de los $23.722 millones disponibles: 30%.

Es difícil leer esas cifras sin recordar que la intervención había comenzado, precisamente, por problemas estructurales cuya solución exigía inversión.

A eso se suma una discrepancia que merece explicación. El informe de gestión de 2023 habla de una ejecución global del 85%, pero los $126.913 millones presentados como ejecutados frente a un presupuesto definitivo de $168.728 millones equivalen matemáticamente al 75,2%.

Puede existir una diferencia metodológica. Pero mientras no sea explicada, el 85% no debería exhibirse sin advertencias como indicador de eficiencia.

Aquí termina la discusión meramente contable y comienza la fiscal.

ESSMAR regresa justamente cuando la Alcaldía ha ampliado sus compromisos financieros. En los últimos meses aparecen operaciones de tesorería por $10.000 millones y $15.000 millones, créditos de $14.000 millones para vivienda, otros $32.068 millones para obras pluviales y cerca de $7.000 millones para el Portal de las Avenidas.

Cada operación puede tener una justificación individual. El problema aparece al mirar el conjunto.

La deuda compromete ingresos futuros y reduce el margen disponible para atender nuevas contingencias. Y ESSMAR es, precisamente, una contingencia potencial: necesita inversión, capital de trabajo, recuperación de cartera y recursos suficientes para volver a generar caja.

El empréstito de $105.000 millones para la primera etapa de El Curval hace todavía más compleja la ecuación. Se trata de una inversión estratégica para aumentar la oferta de agua en Santa Marta, pero esa obligación convivirá con los demás créditos y con las necesidades financieras de ESSMAR.

No son asuntos separados. El Curval y ESSMAR pertenecen al mismo sistema de agua y terminan presionando la misma capacidad fiscal del Distrito.

Por eso, antes de hablar de capitalización, la administración debe mostrar cuánto espacio conserva después de atender las obligaciones ya contratadas.

La pregunta no es ideológica ni política.

Es aritmética.

¿Cuánto dinero necesita ESSMAR para estabilizarse? ¿Cuánto puede generar con su propia operación? ¿Cuánto deberá aportar el Distrito? ¿De dónde saldrá? ¿Será una capitalización, una transferencia, un crédito o una combinación de las anteriores?

La diferencia importa.

Un nuevo mutuo puede resolver una dificultad inmediata de caja, pero aumenta el endeudamiento y aplaza la discusión estructural. Una capitalización fortalece el patrimonio, pero exige recursos presupuestales reales. Una transferencia reduce el espacio disponible para otros programas. Y un nuevo empréstito tendría que convivir con las obligaciones que ya pesan sobre las finanzas distritales.

Ninguna de esas alternativas representa dinero gratuito.

Por eso, el regreso de ESSMAR debe estar acompañado de un plan financiero público, completo y verificable. No basta con presentar un plan operativo o anunciar un salvamento.

La Alcaldía debe revelar el pasivo recibido, la cartera verdaderamente recuperable, el flujo de caja proyectado, las necesidades de inversión, los recursos propios disponibles y el monto de capital fresco que eventualmente requerirá la empresa.

También debe explicar cómo encaja ese esfuerzo dentro de los indicadores de endeudamiento y sostenibilidad fiscal del Distrito.

La Superintendencia termina su administración temporal, pero eso no convierte automáticamente a ESSMAR en una empresa financieramente recuperada. La responsabilidad cambia de manos; buena parte del problema permanece.

Ese es el verdadero desafío para la Alcaldía: no demostrar solamente que puede recibir ESSMAR, sino que puede financiar su recuperación sin convertir el déficit de la empresa en un hueco permanente dentro del presupuesto de Santa Marta.

Las fotografías de la entrega, los videos institucionales y los trinos celebratorios no inyectan un solo litro de agua a la red. Tampoco pagan obligaciones, recuperan cartera ni producen caja.

El regreso puede representar una victoria política.

El saneamiento financiero será la prueba de gobierno.

Por eso, antes de que salga el primer cheque, la administración debe publicar cuánto costará el rescate, cuáles serán sus metas y quién pondrá la plata.

Porque una empresa de servicios públicos no se recupera con anuncios. Se recupera cuando recauda, controla pérdidas, paga sus obligaciones, invierte y produce suficiente efectivo para sostener su operación.

Y si para conseguirlo necesita permanentemente recursos del Distrito, la pregunta ya no será cuánto cuesta ESSMAR, sino cuánto tiempo podrá Santa Marta pagar por ella.