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Cultura

Enclave Bananero, la inspiración del Nobel

Opinión Caribe

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Celebramos los noventa años de ‘Gabo’

Magdalena, enclave bananero es el marco ideal para que OPINIÓN CARIBE celebre el natalicio número 90 del Premio Nobel Gabriel García Márquez, quien afirmó, “la realidad es también los mitos de la gente, sus creencias, sus leyendas, su vida cotidiana. La soledad es lo contrario de la solidaridad y esa es la esencia de Cien años de soledad”.

García Márquez nace el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, en momentos que estallaba la huelga de los trabajadores de la United Fruit Company en la región bananera del departamento del Magdalena que termina con la matanza de Ciénaga, además de la firma del nuevo tratado por límites y navegación entre el Gobierno colombiano y Brasil.

En distintas ocasiones, García Márquez declaraba que cada uno de sus libros parte de una imagen visual. Una imagen que guardaba celosamente en su memoria y desde la cual, muchos años después, construyó una ficción, un cuento o una novela. Metió al mundo en su aldea y volvió su aldea un mundo.

Quizás sus dotes como periodista le permitieron abrazar su obra, con una ambición única que sus ficciones van desarrollando a saltos y retrocesos desde perspectivas diferentes y con métodos distintos. Este denominador común hace que sus cuentos y novelas puedan leerse como fragmentos de un vasto, disperso, pero al mismo tiempo riguroso proyecto creador, dentro del cual encuentra cada uno de ellos su plena significación. Edifica una realidad creada, un mundo autónomo, cuyas constantes proceden de su mundo de infancia.

No se debe olvidar que Aracataca vivía de mitos, de fantasmas, de soledad y de nostalgia. Casi toda su obra está alimentada por materiales de su infancia. Por tanto, Aracataca vivía de esos recuerdos cunado él nació; sus ficciones vivirán de sus recuerdos de Aracataca.

Fue un escritor que siempre se acercó a la actualidad del momento colombiano, los recuerdos de los buenos tiempos de la United Fruit Company, la violencia, porque para él lo importante era el inventario de muertos y la descripción de los métodos de la violencia, la raíz de esa violencia, los móviles y las consecuencias de esa violencia en los sobrevivientes.

Jacques Gilrad, escritor catalán de “La obra periodística de Gabriel García Márquez” señala, que en el período que va de mayo de 1948 -año en que comenzó a escribir en El Universal de Cartagena- a diciembre de 1952: por un lado, constituyen los primeros escritos de un joven de veinte años que llegaría a ser el novelista hispano más importante de la actualidad y, por otro, son el testimonio del convulsionado mundo colombiano tras la muerte de Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948.

Sin haber abandonado en momento alguno el oficio periodístico, comenzó su obra novelística con La hojarasca (1955). A ella siguieron El coronel no tiene quien le escriba (1961); Los funerales de la Mamá Grande (1962); La mala hora; Ojos de perro azul y Cien años de soledad (1967), considerada su obra culmen. Ganador del II Premio Rómulo Gallegos (1973), amplió su obra con El otoño del patriarca (1975) y Crónica de una muerte anunciada (1981) antes de recibir el Premio Nobel en 1982. Uno de los padres del llamado realismo mágico y protagonista indiscutible del famoso ‘boom latinoamericano’, ha publicado posteriormente, entre otros títulos, El amor en los tiempos del cólera (1987), El general en su laberinto (1989) y Doce cuentos peregrinos (1992), Noticia de un secuestro (1996) y Vivir para contarla (2002).

COSMOVISIÓN Y PSICOANTROPOLOGÍA DE AMÉRICA LATINA EN GARCÍA MÁRQUEZ

Jorge Gissi B, docente de la Universidad Católica de Chile en la Escuela de Psicología, afirma, que la narrativa de García Márquez ha sido considerada frecuentemente como un gran retrato de América Latina, tanto por él como por sus críticos y analistas. Este mundo narrativo entre historia y mito se ha ligado con una estética y una estilística de ‘realismo mágico’. Heredero en lo literario del surrealismo, por una parte, y de las novelas medievales de caballería, por otra, el realismo mágico es también heredero de la perspectiva crítico social del realismo en la novela clásica, del realismo sociológico, particularmente neomarxiano, del mundo mágico ligado a los mitos y ritos de los antropólogos, y del ‘pensamiento mágico’ diagnosticado y a veces criticado por la antropología y la psicología (‘supersticiones’, ‘prejuicios’, confusiones entre ‘fantasía y realidad’).

Lo anterior se reafirma cuando en su discurso de 1982 por el Premio Nobel, García Márquez comienza recordando a Pigafetta, para pasar luego a enumerar increíbles sucesos y sufrimientos en América Latina. El realismo mítico antiguo es también actual: “Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte”.

García Márquez tenía lucidez sobre el verdadero ‘realismo’ como realismo-mágico, esto es, como una mezcla de realismo ingenuo, fantasía y mito, se le abrió una idea más clara del concepto de realidad, porque la realidad es también los mitos de la gente, es las creencias, es sus leyendas; que no nacen de la nada, son creadas por la gente, son su historia, son su cosmovisión y psicoantropología de América Latina.

El supuesto de la ‘objetividad pura’ ha estado ligado al empirismo, al racionalismo y a la secularización. La impregnación de lo sagrado y lo mítico es consustancial al ser humano y, por tanto, a toda cultura. Dice el famoso medievalista G. Duby: “En los siglos de mi ámbito de investigación, todo es religioso y todo está impregnado de lo sagrado como en otras culturas contemporáneas”. (Cit. por Pierre 1997, El Mercurio).

Esta relación entre lo sagrado, lo cotidiano y lo mágico, entre la fantasía y el mito, entre lo sagrado y lo profano, se muestra directamente en la mezcla entre fantasía literaria y experiencia a propósito del ascenso al cielo de Remedios la bella. Dice el novelista a Apuleyo: “Entonces se me ocurrió hacerla subir al cielo en cuerpo y alma ¿El hecho real? Una señora cuya nieta se había fugado en la madrugada y que para ocultar esta fuga decidió correr la voz de que su nieta se había ido al cielo” (Apuleyo 1982, p. 51). Así se entiende bien la aclaración del autor en una entrevista: “En mis libros es imposible separar la realidad de la ficción (…) Es inseparable, aunque también es inmezclable” (1994, El Mercurio, domingo 17 de abril).

LA ERA DE MACONDO, 50 AÑOS DESPUÉS

OPINIÓN CARIBE también hace un gran despliegue de la obra que en 2017 cumple 50 años de su primera edición, publicada por la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, que se agotó a los pocos días, ‘Cien años de soledad’. Novela que trasciende las fronteras del idioma, porque en 18 meses se firmaron dieciocho contratos de traducción, ganadora del premio Rómulo Gallegos y lo hace miembro del jurado del premio de Novela ‘Primera Plana’ que se otorga en Buenos Aires. En 1982, la Academia de Letras de Suecia le otorga el premio Nobel de Literatura.

La primera vez que Gabriel García Márquez vio la palabra Macondo, fue en la puerta de entrada de una finca de la zona bananera que se llamaba así, mientras viajaba en el tren que llegaba y salía de Aracataca. Hoy, más que nombre, es adjetivo.

Macondo fue el lugar de lo imposible, el lugar de todas las cosas; de los santos y los demonios; de la condena y la resurrección; del amor y el desamor; de la espera; de la locura; y de ser lugar pasó a ser adjetivo, saltándose de un solo brinco la opción de ser gentilicio. Y fue adjetivo sin calificativos, un poco como su creador. Se decía, se dijo y se dirá macondiano, y esa sola palabra entrañará magia, fulgor, luz, sombra, o en últimas, lo imposible

Razones que llevan a que el crítico y escritor colombiano Germán Arciniegas explique en su obra, ‘La era de Macondo’ que algo superior a la propia voluntad de García Márquez surge de Cien Años de Soledad. Ese algo comienza a gravitar sobre su tierra para siempre jamás. Hoy es imposible en el Magdalena moverse en ninguna dirección, conversar con la gente de Aracataca, respirar el aire de la casa vieja de García Márquez, sin pensar: Esto es Macondo.

Hay cuando menos dos pasajes en donde el autor declara su impotencia frente al sino de Macondo: cuando José Arcadio sale para el seminario, y cuando al pensar en la estatua que marca el límite de la gloria descubre que sólo sirve para que la ensucien palomas y golondrinas. La entrada de José Arcadio al seminario la selló Aureliano Buendía con estas palabras: “Esta era la última vaina que nos faltaba: ¡Un papa!” Las grandes creaciones del arte —desde Cervantes hasta Cantinflas— han traído consecuencias parecidas. España puede no tener nada del espíritu de don Quijote ni de Sancho, pero desde que Cervantes publicó su libro, quien llega a España busca y encuentra cosas del Quijote, cosas de Sancho. Cantinflas se ha dicho que dejó al desnudo una manera de ser mexicano, y a caza de esa manera descubre el visitante en todo hijo de la nación azteca, gestos y monólogos cantinflescos.

La historia misma del Magdalena es macondiana desde el primer descubrimiento. En su visita a la región de Aracataca, andaba suelto por allá un Buendía que escapó de las pesquisas de García Márquez. García Márquez, de tanto trabajar con brujerías, se ha convertido en profeta, y ahora puede considerársele padre de una de las criaturas más estupendas de la historia regional. El nuevo héroe salió de ‘el Magdalena’ con muchísimos discursos y vociferaciones.

Todo en Ciénaga, en Aracataca, en Fundación, en Tasajera es Macondo. Macondo hubiera podido ser una novela nacida con cola de puerco. No fue así. Ahora, es inmortal.

En el Magdalena, la era de Macondo, quedará para siglos. El tema es gramatical. Es algo que está entre la era, el era y el fue. En la provincia macondiana nadie habla de la era como sustantivo, sino del era como inflexión verbal. En Macondo nada fue: todo era. Gabo era travieso, Gabo era esto y lo otro. No fue: todavía vive, y no morirá nunca. El ‘era’ establece relación entre lo que fue, es y será. Era y a lo mejor sigue siendo. La frontera entre la ficción y la realidad se hace borrosa, incierta. En Aracataca era su casa, pero Gabo ha vuelto, y seguirá volviendo. Como en los cuentos de “Había —una— vez…” lo remoto tiene puentes legendarios para llegar hasta nosotros. Macondo era así… y sigue siendo. Nada lo ha sepultado definitivamente en el fue irremediable. Y ahí está la fatalidad inexorable. La historia se adelanta y penetra el futuro con todas sus miserias y poesía. La era de Macondo no existe, porque nunca empezó. Se camina hacia atrás, hacia el tiempo en que aún no estaba escrita la novela, y se siguen hallando Macondos y Macondos. García Márquez descubre, revela, denuncia Buendías y Terneras y generales Márquez e Iguaranes, pero todos ellos estaban ahí… y seguirán estando. “Érase que se es…” Y que será.

Por todo esto es impresionante el don profético de García Márquez. Cuando anunció y describió la llegada del papa a Colombia, nadie jamás nunca había ni hubiera podido imaginar que el papa vendría a Suramérica. Y, sin embargo, vino, y a Colombia. Cuando él describió los funerales de la Mamá Grande en Macondo, se anticipó no se sabe en cuantos años a los de Torito, el último gran cacique de La Guajira. Pero, además, hizo profecía al revés, en las páginas inmortales destinadas a la epidemia del insomnio en Macondo. A los tres años precisos de publicada la profecía, se presentó la encefalitis equina, que dejó dormidos a los ganados y a los hombres. Es decir: lo mismo que Gabo había dicho, pero al revés. Que es lo mismo.

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